Hay despedidas para las que las palabras parecen demasiado pequeñas.
Hoy despedimos a un amigo, a un compañero y, sobre todo, a un hombre bueno. A un hombre de esos que no necesitan levantar la voz para hacerse querer, porque su manera de estar en el mundo, su generosidad y su lealtad hablan por ellos.
Paco Leal Rueda nació en El Palo un 1 de mayo de 1946, cuando aquel barrio era muy distinto del que hoy conocemos. Nació junto al mar, entre sus olores, sus colores y el rumor permanente de sus olas. Y quizá fue precisamente allí, en aquella tierra y junto a aquel mar que tanto amó, donde comenzó a forjarse el hombre que llegaría a ser.
Paco tuvo dos familias. Una, la de su hogar, junto a su esposa y los suyos. La otra, aquella gran familia paleña que encontró en la Asociación de Vecinos de El Palo, a la que entregó buena parte de su vida. Desde aquellos primeros momentos en que comenzó a gestarse la Asociación, Paco estuvo allí. Y allí permaneció hasta el final.
Fue presidente y vicepresidente. Organizó festivales, carreras populares, romerías, flamenco, teatro y tantas otras actividades que hicieron barrio y hicieron cultura. Allí donde hubiese algo que defender, algo que celebrar, algo que compartir o algo que ofrecer a sus vecinos, allí estaba Paco.
«Porque Paco entendía que un barrio no son solamente sus calles y sus casas. Un barrio son sus gentes, su memoria, sus costumbres, sus sueños y, sobre todo, la capacidad de sus vecinos para caminar juntos.»
Y él caminó mucho.
Caminó por El Palo y por la vida con la humildad de quien sabe de dónde viene y con la nobleza de quien nunca renuncia a sus raíces.
Fue hijo de un hombre de la mar, noble y emprendedor, y de aquella inolvidable Paquita Rueda, una mujer que llevó con generosidad el modesto negocio familiar y que durante tantos años supo ser refugio para muchas familias que acudían a ella buscando algo más que aquello que podían comprar.
De ellos heredó Paco algo que no se aprende en ningún libro y que no se puede comprar con dinero: la nobleza de corazón.
Porque hay personas que reciben mucho en la vida y apenas dejan huella, y hay otras que, sin hacer ruido, van dejando pequeñas semillas de bondad por donde pasan.
Paco era de estos últimos.
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El barrio lo reconoció en vida, como debe hacerse siempre, nombrándolo Paleño del Año en aquella noche de verano de 2018. Y la propia Asociación de Vecinos quiso también dejar constancia de su agradecimiento dando su nombre a la sala de juntas de su sede.
Pero, conociendo a Paco, seguramente esos reconocimientos le importaban mucho menos que el cariño de sus vecinos y de sus amigos.
Porque Paco no trabajaba por el reconocimiento.
Trabajaba por El Palo.
Y quizá por eso su ausencia nos duele tanto.
Hoy cuesta imaginar la Asociación sin él. Cuesta pensar en aquellas reuniones, en las actividades, en las fiestas, en los proyectos, sin que aparezca su figura, su conversación, su manera de hacer las cosas.
Pero queremos pensar que Paco no ha terminado su camino.
Deseamos imaginar que, como buen paleño, para emprender este último viaje ha buscado uno de aquellos antiguos carrilillos que subían hacia San Antón, por los antiguos caminos de su infancia, por aquellos lugares donde tantas veces celebró la Romería, y que desde la última explanada ha continuado ascendiendo por una vereda que nosotros no podemos ver.
Y queremos pensar que, al llegar a las puertas de ese otro lugar que algunos llaman Cielo y otros llaman eternidad, San Pedro no ha necesitado preguntarle quién es.
Porque seguramente ya conocía su nombre.
Habían llegado antes sus obras.
Habían llegado antes las personas a las que ayudó, los proyectos a los que entregó su tiempo, las causas por las que luchó, las fiestas que ayudó a levantar, las sonrisas que provocó y, sobre todo, el cariño que dejó en tantos corazones.
Quizá entonces Paco haya mirado hacia atrás por última vez. Y desde allí arriba haya visto su barrio, su mar, sus calles y a toda esa gente que tanto quiso.
Y estamos seguros de que, desde algún lugar, habrá sonreído.
Porque El Palo también ha sido su obra.
Paco fue leal de nombre y leal de corazón. Leal a sus padres, a su familia, a sus amigos, a sus compañeros y, por encima de todo, leal a sus raíces.
Y hoy, cuando nos toca decirle adiós, es preferible no decir que Paco se ha ido. Preferible decir que ha cambiado de camino.
Porque quienes hemos tenido la fortuna de conocerle sabemos que hay personas que no desaparecen cuando dejan este mundo. Permanecen en las conversaciones, en las fotografías, en los lugares que ayudaron a construir, en las tradiciones que defendieron y, sobre todo, permanecen en nosotros.
«Dicen que nadie muere definitivamente mientras haya un corazón que le recuerde.
Y Paco puede estar tranquilo.»
Serán muchos los corazones que lo recuerden.
Habrá un vecino que, al pasar por la Asociación, pensará en él.
Habrá alguien que participe en una actividad y recuerde cuánto trabajó Paco para que aquello fuera posible.
Habrá quien mire hacia San Antón y lo imagine subiendo como un romero más por aquellos caminos.
Y habrá quien, simplemente, pronuncie su nombre con cariño.
Y mientras eso ocurra, Paco seguirá caminando entre nosotros.
Amigo Paco:
Gracias por tu amistad.
Gracias por tu entrega.
Gracias por tu lealtad.
Gracias por haber querido tanto a El Palo y por haber hecho tanto por sus gentes.
Gracias, sencillamente, por haber sido tú.
Descansa en paz, querido compañero.
Nosotros seguiremos aquí, junto a tu mar y bajo tu cielo paleño. Y cuando alguna tarde el viento traiga hasta nuestras calles el rumor de las olas, pensaremos que quizá eres tú, que desde algún lugar lejano has vuelto a pasar por casa para recordarnos que los hombres buenos nunca se marchan del todo.
Hasta siempre, Paco.
Tu camino continúa.
Y tu huella se queda.
Asociación de Vecinos de El Palo